Las largas noches en el campo, apenas iluminadas por un maltrecho farol o un intermitente quinqué, extendían las horas de vigilia durante las cuales los moradores del bohío y sus visitantes solían rememorar viejas fantasías y tejer leyendas que, ineludiblemente, pasaban de generación en generación.
Uno de los temas más recurrentes, los tesoros escondidos, los del dinero propiciado por un muerto y las angustias que acarreaba hacerse de él. Mientras los benjamines de la casa bebíamos cada narración, abuelos, tíos y otros añejos considerados de respeto, contaban cómo a Fulanito o Menganito se les aparecía en las madrugadas un difunto con el objetivo de guiarlo hasta cierto rinconcito del monte, donde encontraría sin falta, tras excavar un poco, un botijo sellado, lleno de monedas de oro.
Otros contaban sus vicisitudes en esas faenas. Aseguraban con seriedad que más de una vez sintieron flaquearles las piernas y no se atrevieron a seguir al finado. Se decía, también, que otros más envalentonados, sin haber sido convocados por el muerto, se iban con un pico y una pala al lugar indicado, pero por profundo que excavaran, encontraban solo carbón y nada de botijuelas repletas de exóticos tesoros.
Solo de uno de aquellos aventureros se decía que había obtenido una tinajita con antiguas monedas españolas, del tiempo de la guerra de independencia, se trataba de don Pascualito, quien conocía como la palma de su mano y ningún lugar de la comarca le era ajeno.
Este viejecito vivía solitario en un extremo del batey, dentro de un rancho que por ninguna parte daba señales de prosperidad. No acostumbraba recibir a nadie, pero de vez en vez, para matar el aburrimiento, amo y señor de su desamparada soledad.
Una noche contó a los presentes cómo obtuvo el tesoro, o por lo menos el fugaz tesoro. Según él, luego de que, en repetidas ocasiones, el persistente finadito lo despertara en lo mejor del sueño, al fin se decidió y, en medio de la oscuridad más tenebrosa, lo siguió por trillos y veredas hasta que, junto a una copiosa ceiba, el ánima le dijo: «cava ahí y no mires para atrás». Ni corto ni perezoso arrancó puñados de tierra, terrones, piedrecitas y arenisca hasta que con el pico sintió algo diferente. En efecto, allí encontró la soñada botija, preservada en gran parte por las raíces del árbol.
No contaba Pascualito con las flaquezas humanas ni en las suyas propias, por lo que, tan pronto tuvo el porroncito entre sus manos, lo desgolletó con el pico y vio cómo entre sus manos tintinearon montones de monedas que, no obstante el tiempo transcurrido bajo tierra y la humedad, brillaban tentadoramente. Pero he ahí que, de repente, volvió la cabeza para cerciorarse si el fantasma del muerto permanecía aún detrás de él y, al hacerlo, se levantó una horrible ventolera, hubo relámpagos y las hojas de los árboles gimieron. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, de una ojeada comprobó que ya ni el espíritu ni el tesoro estaban allí.
Hay quien asegura que el muy zorro de Pascualito sí se hizo con el tesoro, pero que lo escondió para evitar envidias e intentos de robo, en tanto otros aseveran que tuvo la mala suerte de toparse en el camino con una partida de bandoleros, quienes se apropiaron del botín y lo dejaron con vida sin que se supiera por qué.



