martes, agosto 17, 2021
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Ciego de Ávila

Guarandingas, carahatas y el transporte público

Acostumbrados a vadear ríos, andar por caminos intransitables en la estación de las lluvias, los guajiros de mi comarca natal se admiraron mucho de ver llegar al batey una mañana una especie de ómnibus rural montado sobre un camión que todos dieron en llamar guarandingas, sin que se supiese por qué.

La naciente Revolución se propuso terminar con el secular aislamiento de las comunidades campesinas y, para ello, se habilitaron esos artefactos rodantes que supuso la manera más expedita de ir y volver al pueblo por unos centavos y con una relativa comodidad.

Contrario a los actuales vehículos de ese tipo que todavía circulan por ahí en determinadas rutas, aquellas guarandingas contaban con sendos bancos de tabla adosados a ambas paredes laterales, con un tubo metálico en el techo para que de él se aguantaran quienes viajaban de pie, una chicharra para avisarle de las paradas al chofer y amplios ventanales, todos con la característica de poseer una escalera en la parte trasera del bus- camión para subir o bajar.

Falto de letras pero rápido para apropiarse de las situaciones, el campesino cubano no tardó en incorporar las guarandingas al imaginario popular, improvisó maliciosas décimas que se propagaron como la pólvora y que hasta los más pequeños aprendieron de memoria. Me cuentan que el atípico bus recogía pasajeros en todos los bateyes y hasta a quien les hiciera señales en cualquier tramo del trayecto.

Como la travesía se hacía por terraplenes y descampados, no era raro que el viajero llegara a destino cubierto de polvo rojo y tierra colorada color almagre, por lo cual los avisados solían portar otra muda de ropa y  así cambiarse en la terminal, o de lo contrario, pasar el bochorno de andar todo el día sucio y con olores encima nada agradables.

Porque las guarandingas de aquellos tiempos servían lo mismo para llevar la familia a pasear o retratarse, que para transportar gallinas, guanajos y cerdos de todo tipo, hasta cacharrerías, sacos de maíz, arroz o carbón. Entre la polvareda del camino, la que producían tales productos y el olor de los animales, puede uno imaginarse cómo llegarían a término los pasajeros.

En tiempos de lluvia no había polvo, pero en los tremedales del camino, estad especies de guaguas solían atascarse en el fango y, por supuesto, los hombres debían bajarse para empujar y sacar la guarandinga del atolladero.

Un buen día aparecieron en los ramales del central que conducían a las grúas de las colonias unos equipos automotores que dieron en llamar carahatas, que los vecinos de la comarca prefirieron de inmediato a las guarandingas por ser más limpias y con menos rebullizo de gente.

Tales ómnibus sobre rieles alcanzaron enorme éxito por la cantidad de gente que los utilizó en su momento, lo que permitió un prolongado descanso a equinos y rumiantes, los cuales solían mirar con ojos indiferentes desde los potreros al extraño vehículo bullanguero y multicolor.

Sin que mucha gente se percatara, tanto carahatas como guarandingas poco a poco fueron desapareciendo en tanto sistema de transportación. En algunos casos fueron sustituidos por ómnibus de última generación, pero en otros su ausencia contribuyó a la incertidumbre general a la hora de averiguar cómo viajar entre un lugar y otro.

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