martes, agosto 17, 2021
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Ciego de Ávila

Empachos, yerbas y cultura popular cubana

Aquella tarde, cuando lo acostaron en la mesa del comedor para que la vieja Concha le sobara la barriga, Rubencito se lamentó amargamente del atracón de guayabas pintonas y de corojos que se había dado un par de horas antes, mientras jugaba a los escondidos con sus amiguitos en los frutales de la finca.

De nada habían valido las oraciones y el cordel que el abuelo Titoto le había aplicado poco antes: la «bola» en el estómago permanecía ahí y él se sentía muy mal con la ingesta.

Prácticas ancestrales y un poquito de superstición eran comunes en los campos de Cuba, cuyas curas empíricas suplían la falta de atención médica que, por otra parte, había que pagar con dinero contante y sonante, o en especie.

De ahí que la medicina verde y la ayuda de curanderos rústicos era todo cuanto tenía la población de escasos recursos a la hora de curar males y amortiguar enfermedades.

Aparte de los jarabes, analgésicos y otros placebos que se adquirían en las farmacias, las familias tenían por costumbre cultivar un jardincito con tilo, yerba buena, mejorana, ruda, caña santa, reseda, copal y toronjil, entre muchos otros para combatir pasmos, maldormir, dolores de cabeza, gripe, resfriados, reumas y huesos descompuestos.

Desde luego, no podían faltar las oraciones contra el mal de ojo, la disecación de una rana en el cordel de la ropa para tumbar verrugas, delinear en cartón u hoja de papel la silueta de un pie cuando este se «descomponía» o la quema de ciertas yerbas en el fogón para conjurar maleficios y desventuras.

Recuerdo que unas primas casaderas, cuando venían a casa con ánimo de pretenderla algún galán no deseado, colocaban una escoba detrás de la puerta para que se fuera pronto o, si no querían que lloviera, regaban y dispersaban ceniza del fogón frente a la casa.

Todas estas prácticas, que en la actualidad no han desaparecido del todo, fueron cayendo en el olvido a medida que la Revolución situó médicos en los lugares más apartados, las nuevas generaciones accedieron a la enseñanza y los medios masivos de comunicación fueron echando a un lado el oscurantismo reinante y disminuyó la impotencia del hombre al no saber cómo enfrentarse a lo desconocido.

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