lunes, septiembre 13, 2021
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Ciego de Ávila

El vendedor de billetes

El primer billete de lotería lo conocí de chico una mañana mientras paseaba con el tío Reinaldo por el centro del entonces depauperado poblado. Cuando nos acercamos al bar cafetería (donde también expedían helados), un hombre, vestido pobremente, con una pancarta llena de cifras extrañas, incluso sobre la frente, insistió en que mi tío le comprara aunque fuera un pedacito de billete.

El vendedor le aseguró que aquel número era mágico y podía dar por descontado que saldría el domingo próximo, cuando la radio transmitiera la Lotería Nacional. Creo que por pena y su poquitín de esperanza Reinaldo compró el pedacito que, según el billetero, era un premio gordo seguro.

Por supuesto, el domingo el tío escuchó la transmisión radial, conducida por niños expósitos de la Casa de Beneficencia de La Habana. Cada vez que uno de los chicos cantaba determinada cifra de billete, otra voz más aguda anunciaba invariablemente: «premiado en tantos pesos», así hasta que, acabada la sesión de la lotería de la semana, mi tio, descorazonado, comprendió que el suyo no había salido ese día.

Pero no por ello se desanimó. Gentes como mi padre solían vivir de espaldas a los juegos de azar, pero muchos, hundidos en el desaliento del desempleo y la falta de horizontes en sus vidas, tentaban la suerte a ver si algún día salían adelante de tanta miseria.

En mi niñez tuve otro encuentro con esta práctica que, según entendidos, data de la más remota antigüedad y, pese a prohibiciones temporales, resurgía con fuerza. Una mañana que llevé el desayuno al padre al corte de caña, lo encontré en el tajo, donde otro pariente sin trabajo fijo en aquel momento, vendía chibichanas por los campos y bateyes, a ver si llevaba algo de comer a sus hijitos.

Con cierta inspiración, un poco para ayudar al chibichanero y otro poco al mirar mis pies un tanto desprotegidos si de calzado se trataba, le compró una papeleta, con tan suerte que salió el dia correspondiente.  Encantado, poco después lucía yo por trillos y guardarrayas unos zapaticos de treinta pesos que me sirvieron para ir a la escuela y a jugar en los potreros.

Al triunfo de la Revolución fue creado el Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas, (al frente del cual estuvo Pastorita Núñez), para apoyar e impulsar uno de los primeros planes habitacionales del gobierno revolucionario y, con el dinero recaudado se construyeron viviendas que la población bautizó como repartos Pastorita.

Tal práctica, y la poca disposición de ciertos sectores poblacionales para encontrar trabajo honrado, fue abolida totalmente de forma oficial, tanto en el campo como en la ciudad, aunque, por supuesto, el recuerdo del pobre vendedor de billetes persiste aún en el imaginario popular.

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