martes, agosto 17, 2021
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Ciego de Ávila

El primer televisor del barrio

Muchos de nosotros todavía recordamos cuando al barrio llegó el primer televisor. Quién más, quien menos, antes de ese acontecimiento, acudía por las noches al local del Sindicato o al Círculo Social para ver Palmas y Cañas, las Aventuras, el Noticiero y hasta alguna película de vez en cuando, pero para eso había que caminar mucho y no todos se animaban.

El flamante aparato lo había ganado el padre de Manuelita por su centro de trabajo, y había que ver el orgullo de aquel hombre cuando lo trajo en un carro facilitado por la empresa. Se trataba de un equipo soviético marca Electrón, en blanco y negro, lo que constituyó para todos los vecinos la noticia del día.

Entre el padre de Manuelita y los técnicos que vinieron con él, armaron la antena, colocaron la cinta, conectaron el aparato y, en pocos minutos (luego de orientarla), anduvieron en cuanto botón encontraron para echarlo a andar. Por aquel entonces en Cuba transmitían solo dos canales, el seis y el doce y, aún así, esa noche el incipiente público se sintió maravillado.

Como era de esperar, y con el paso de los días, la gente fue perdiendo la timidez inicial y, poco a poco fueron acudiendo en tropel a ver la programación. Quien haya pasado por tal situación, recordará que la sala y el portal se les llenaban de vecinos y especialmente de muchachos traviesos y bullangueros.

A partir de entonces, repetidas veces los dueños de la casa a esa hora no encontraban asientos para ellos disfrutar de su televisor, ni siquiera para sentarse a la mesa para comer, pero en aquellos tiempos nadie era capaz de quejarse, excepto  cuando los vejigos metían bulla y no dejaban concentrarse a los mayores en lo que veían.

Agobiados por la cantidad de televidentes de cada noche, en una ocasión Manuelita y sus hermanos confeccionaron un cartel que, silenciosamente colocaron a la entrada de la vivienda, en el que escribieron con letras grandes:  «A partir de hoy por cada función se cobrará un peso».

Al día siguiente los padres de Manuelita se percataron de que no venía nadie. Varias jornadas después, extrañados de que la gente no viniera a ver la televisión, se rompían la cabeza pensando qué pudo haber ocurrido, hasta que Manuelita y sus hermanos contaron su ocurrencia. Demás está decir que, tan pronto el letrero fue retirado, la gente retornó a ocupar los asientos y el piso de la sala.

Con los años otros vecinos pudieron comprar sus propios televisores, incluso más tarde en colores, aunque con estos últimos se originaron trifulcas entre los solicitantes cuando fueron asignados por una comisión repartidora que originó algunas desavenencias, mas esto último pudiéramos narrarlo en una venidera crónica.

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