Durante siglos las mujeres no tuvieron las libertades que sí tenían los hombres, y se vieron precisadas a utilizar algunos subterfugios para desenvolverse en su vida personal y social. En la antigüedad se decía que los hombres disponían de la espada y, las mujeres, más discretas, del abanico.
Este aditamento elegante y práctico, además de refrescar ante las temperaturas ambientales, fue un efectivo medio de comunicación. Para las damas de la actualidad puede parecer increíble, porque ya no es necesario inventar un lenguaje escondido que evada la celosa vigilancia de ninguna «señorita de compañía», que sirva para comunicarse con la persona amada… o desamada.
Las abuelas Clarita y María recordaban que todavía en su juventud se conjugaban ciertos movimientos que la muchacha empleaba con mesura para no llamar la atención. De toda aquella información que ambas atesoraban, y que solían comentar entre sí alguna que otra vez, todavía recuerdo varias.
Según ellas, durante las fiestas, como no las dejaban relacionarse con los elementos masculinos, al encontrarse con el preferido, solían abanicarse de diferentes modos: si rápidamente, querían decir que lo amaban mucho y, si lo hacían con lentitud, significaba que era casada o no le interesaba.
Cuando el ventalle o pericón (como también se le llamaba a ese instrumento), se cerraba rápido; al decir de las abuelas, se traducía por un no rotundo, mientras que si ellas lo cerraban despacio, el galán saltaba de júbilo porque significaba que tenía esperanzas.
Amén de complicado y sagaz, este lenguaje resultaba gracioso: si la muchacha se ponía a contar las varillas, o pasaba los dedos por ella, indicaba que quería hablar con él. Si el tipo resultaba impertinente y aburrido, con un golpe de abanico ellas mostraban su impaciencia y, si lo sujetaban con las dos manos, olvídame.
Aunque no se ponían de acuerdo, tanto una abuela como otra aseguraban conocer más de cuarenta movimientos con sus respectivos significados, y los recordaban con añoranza y cierto disgusto, porque, amén de que ya los abanicos apenas se ven, las muchachas de ahora no mostraban interés en aprender ese sistema de señales otrora tan extendido.
Sin embargo, las abuelas coincidieron en que, en aquella época, el lenguaje de los abanicos les fue de mucha utilidad en sus vidas: gracias a ello constituyeron sus parejas, afortunadamente, definitivas.



