Todavía no logro comprender, y mira que han pasado años, cómo los niños de épocas pasadas pudimos llegar a adultos sin demasiados traumas, si se tiene en cuenta que hemos venido al mundo en un momento en que el hombre de campo, aunque luchaba por salir adelante su familia y hacerse de un lugar en la vida, estaba rodeado de supersticiones, ignorancia y creencias que limitaban su desarrollo intelectual.
Desde que el niño daba sus primeros pasos, comenzaban las advertencias y las aprensiones, muchas de ellas lógicas, como no jugar con fuego, no acudir solos al río o la laguna. Más tarde aprendíamos que el chillido nocturno de la lechuza presagiaba una desgracia, irritar a los camaleones y caguayos te daba fiebre y hasta podías morirte si el bicharraco se arrastraba de noche hasta tu cama para maldecirte, en fin, se vivía en un constante sobresalto.
Los días más difíciles solían ser los de Semana Santa, Santa Bárbara y San Lázaro; por esas fechas no se podía salir a jugar a la manigua, porque un brujero podía atraparte para una de sus brujerías. Eran los tiempos de los asesinatos de algunos niños de la región, en especial de Emilito Tápanes, sacrificado para una ceremonia religiosa: fue un crimen que conmocionó a la opinión pública y atemorizó mucho más a retoños y progenitores.
Sin embargo, a una edad indeterminada del chico, los padres no encontraban amenaza más expedita que asegurarle que venía el coco, una presencia indefinida que metía miedo y nadie lograba explicar y, por supuesto, el socorrido hombre del saco que tantos sustos provocó, aunque no recuerdo que nadie, al menos conocido, lo haya visto jamás.
Se dice que la creencia en ese mítico ser nos llegó de España en las carabelas de Cristóbal Colón y hay quien asegura se remite al imperio romano. De una forma u otra, resultaba un método eficaz y seguro para que uno no se alejara mucho de la casa y se recogiera temprano so pena de caer en la bolsa del fatídico espanto.
Cuando se era más grandecit, uno escuchaba conversaciones horripilantes acerca de un jubo o un majá de Santa María que le cayó detrás al papá de Jacintico, quien en mala hora despertó al ofidio y que, no obstante correrle delante como una exhalación, el reptil, aunque no lo mordió, si lo golpeó con la cola repetidamente, hasta que, al parecer, se cansó.
Tampoco podíamos prestar atención al chirrido de la chicharra, porque nos hacía enloquecer, ni «buscarle las cosquillas» a los alacranes y arañas peludas porque estos vengativos arácnidos nos encontrarían donde quiera uno se ocultara.
Lo negativo de todo eso consistía en que uno, tan pronto era padre, inculcaba a sus críos tales aprensiones seculares y tradicionales hasta que, llegados los tiempos actuales, los de mayor edad sonríen socarrones ante semejante carga cultural, al tiempo que los más jóvenes reniegan de tales creencias.



