lunes, enero 17, 2022
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Ciego de Ávila

El güito de Carmita

Desde que tuvimos uso de razón, los muchachos del batey caímos en la cuenta de que la vecina Carmita andaba siempre forrada de ropa de arriba abajo: no enseñaba siquiera la punta de los pies. Encima de esto, cuando salía fuera de casa a tender o recoger la ropa, o a buscar leña para el fogón, se encasquetaba sobre el cabello un enorme sombrero de guano de ala ancha que apenas permitía verle la nariz y los ojos.

Cuando, extrañados, preguntábamos en casa el por qué de tan rigurosa vestimenta, algunos se encogían de hombros, como si no supieran, hasta que el tío Juan nos comentó bajito que era para ocultar el güito. Esa palabra se convirtió en un misterio del que los montunos no querían hablar mucho, quizás por el infunfado temor a un contagio verbal.

Fue el doctor Gainza, amigo de la casa, quien nos explicó que el llevado y traído güito era simplemente una enfermedad micótica que tenía diversas causas. Alguna vez escuché decir a alguien de la familia que la pobre Carmita cogió mucho sol cuando nueva, lo que contribuyó a que le salieran por todo el cuerpo esas manchas blancas, oscuras o negras, que tanto le afeaban la piel.

Gran parte de quienes en el batey sufrían ese padecimiento lo llevaban con paciencia y otros no se escondían para rascarse cuando le picaban las manchas. Todos, menos Carmita, porque siempre fue muy presumida y no soportaba que la miraran con pena o suspicacia. Para que no la abochornaran más, decidió, mientras persistieran los efectos del güito, usar camisas de mangas largas, pantalones y sombrero de guano hasta las orejas.

Dejó de visitar a los vecinos, no recibía y no quería saber de nadie que estuviera afectado igual que ella. No obstante eso, hizo una vida familiar normal y crió a sus hijos, quienes nunca padecieron del molesto y poco agradable güito.

A Juaniquito Montano, un mozo que se las daba de señorón y se ufanaba de que a él no había quien le diera gato por liebre, el día en que logró que su novia Pupita conviviera íntimamente con él en el palmar de la hondonada, al ver que la muchacha, según se desnudaba, iban apareciéndole las manchas, se sintió tan abatidamente disfuncional, que la tan deseada unión carnal se convirtió en simple agua de borrajas.

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