domingo, septiembre 12, 2021
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Ciego de Ávila

De zeppelines y aerostatos

De fabuloso catalogaban los campesinos el paso por los cielos de mi comarca de extraños aparatos voladores que, de improviso, atravesaban de oriente a occidente (o a la inversa), las azules alturas que pendían sobre sus cabezas, provocando el pánico entre los montunos.

Se trataba de enormes aparatos semejantes a semillas de almendra o de huevo, según la imaginación de cada cual y que, andando el tiempo y atando cabos, se supo que eran zeppelines, aerostatos nombrados así en homenaje a uno de sus constructores, el conde alemán Ferdinand von Zeppelín.

Claro que mis lugareños antecesores no oyeron hablar jamás del famoso conde tudesco ni para qué servían aquellos silenciosos objetos volantes que cruzaban alguna u otra vez por encima de las nubes más bajas y que provocaron que, en repetidas ocasiones aquellos sorprendidos observadores se refugiaran aterrorizados bajo la paja de un cañaveral o cualquier otra cosa hasta que el infernal aparato se perdía en el horizonte.

Los zeppelines o dirigibles eran aerostatos autopropulsados con capacidad de maniobra para ser manejados como una aeronave y disponían de un depósito de un gas de menor densidad que la atmósfera circundante. Se utilizaron mucho durante la Primera Guerra Mundial y, en menor medida, en la Segunda, con el objetivo de perseguir submarinos alemanes, aunque los que pudieron ver nuestros guajiros de aquella época (y los de más acá), eran casi siempre de procedencia estadounidense, unos con fines publicitarios y otros al servicio de reconocimiento aerofotográfico.

Durante el «boom» de los zeppelines, e incluso hasta mediados de los años 50 del pasado siglo, entre la chiquillería de entonces, estos bichos voladores llegaron a  ser similares al coco o al hombre del saco, porque, a menudo, cuando una madre no lograba controlar como era debido a su travieso retoño, lo amenazaba con subirlo a uno de aquellos terribles aparatos que se lo llevaría sin regreso posible.

Como nunca más surcaron los cielos de la Mayor de las Antillas – al menos que se sepa -, las nuevas generaciones conocieron solo de los tan mencionados zeppelines a través de las historias narradas por abuelos y bisabuelos, quienes, por supuesto, añadían fantasía a sus nostalgias y, los más, por lo común interesados en el tema, mediante libros y revistas y en audiovisuales especializados.

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