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Ciego de Ávila

Cómo creció un pueblo azucarero

Cuando el bisabuelo Constantino cayó en la cuenta de que era el morador más antiguo del pueblo, comprendió que, tanto su vida como la del entorno inmediato había cambiado para siempre. Había levantado su casita al extremo sur del sao de monte, junto al Camino Real del Príncipe, en los albores del siglo recién iniciado.

Dos o tres años antes, hacia 1915, se podía constatar que algo estaba por suceder: con gran prisa se echaban abajo hectáreas de monte firme con el propósito de sembrarlas de caña y, en el propio sao, compañías constructoras traían consigo contratistas, ingenieros y obreros de quién sabe dónde, diseminados como bibijaguas: excavaban cimientos, levantaban naves, torres y chimeneas: evidentemente, crecía a ojos vistas un nuevo central azucarero.

Hasta la cerca de atrás de la casa de Constantino se extendían las obras. Cierto día, admirado, comprobó cómo, luego de tender una línea principal y varios ramales, erigían talleres y garages para guardar equipos automotores.

En poco tiempo, Constantino pudo apreciar cómo la gente de la compañía levantaba un pueblecito de un día para otro: las casas del administrador, de los jefes de maquinarias, de la planta eléctrica y de oficinas, todo hacia el oriente, quizás para evitar que el molesto bagacillo inundara los hogares de la élite. En sentido contrario, o sea, hacia el occidente, el pozo de la fábrica, la tienda mixta que llamaban La Comercial, y las viviendas de los empleados de segundo orden.

Constantino recordaba que, antes de esa vorágine, gustaba de sentarse en el patio para ver pasar los jinetes y algunos carros que pasaban, de tarde en tarde hacia o desde La Habana, mas ahora todo estaba cambiando: de las colonias fluía gente variopinta que puso fin a la habitual tranquilidad.

Con el tiempo nuevos vecinos se fueron estableciendo alrededor de lo que había sido el sao y un poco más allá. Eran familias en busca de nuevos horizontes que se sumaban a aquellos emigrantes procedentes de otras partes de la Isla, ilusionados también con la posibilidad de un trabajo seguro.

Fueron los nuevos obreros del azúcar, puntistas, tipleros, canaleros, centrifugueros, operaciones de molino, de hornos, filtros y guarapo, así como una significativa pléyade de carpinteros, albañiles, peones de vía, fogoneros, retranqueros y maquinistas de trenes a vapor.

La bucólica vida de Constantino y los suyos se fue complicando, se vieron envueltos en huelgas, reclamos sociales y salariales y, sin percatarse de los cambios, de repente se encontraron inmersos en la nueva realidad con la inclusión de sus hijos y demás familiares en aquellos tiempos en aquel devorador proceso laboral.

Entre tanto, el pueblecito creció. Acá y allá aparecieron hoteles, fondas, pensiones, trenes de lavado, carnicerías, una oficina de correos, un cine, peluquería y una pequeña Iglesia que pretendía la paz espiritual de aquel conglomerado humano.

En los últimos años, ya Constantino no podía disfrutar como antes de la amplitud del horizonte, porque construcciones de todo tipo se lo impedían, al tiempo que el bullicio en la vecindad iba en aumento.

Constantino, sin embargo, se llevó con orgullo a la tumba el privilegio de haber sido el primer vecino que habitó el entonces pujante pueblecito de raíces azucareras en aquel rincón de la actual provincia de Ciego de Ávila.

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