martes, agosto 17, 2021
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Cinemanía y el western spaghetti

Los hombres son hijos de la cultura de su tiempo. Mi generación, heredera de cierto modo de los gustos de nuestros antecesores inmediatos, crecimos en una época durante la cual la juventud se desvivía por las películas de mariachis, charros y vaqueros.

Como suele suceder, ello significó también el uso y el abuso de la cultura mexicana, de la cual aquellos muchachos trataban de apropiarse del patrón fílmico que a ellos llegaban, de ahí que tenían como último grito de la moda vestir como sus héroes de la pantalla, enjaezar sus caballos como mismo ellos lo hacían (con montura y lazo incluido), mas botas  de puntera al más puro estilo vaquero.

Nosotros, sin embargo, conformamos nuestros gustos muchos años después, cuando la década de los sesenta revolucionó las concepciones del mundo. Por ese entonces descubrimos las películas italianas que la crítica especializada denominó, quizás con despectiva ironía, western spaghetti.

Recuerdo que salíamos presurosos de la escuela secundaria para disfrutar el último filme de Sergio Leone, en el cual los vaqueros eran más vulgares, sucios y desenfadados que sus antecesores de Hollywood, pero más atractivos desde nuestro punto de vista, pues reflejaban una realidad escamoteada en las décadas anteriores.

Nuestro deslumbramiento comenzó el mediodía en que, de consuno con otros amigos, fui a ver «El bueno, el malo, el feo», la película que nos metió de cabeza en la corriente de la espaguetada italiana. Para entrar a la sala oscura debimos hacer una cola que, desde la puerta del cine Iriondo, se extendía una cuadra hasta la Carretera Central. Para entretener la espera, solíamos matar el tiempo en la pizzería de enfrente, donde, invariablemente, comíamos pizza, espaguetis al burro y lasañas.

La película la vimos varias veces consecutivas, por lo que, cuando estrenaron la siguiente, «Por un puñado de dólares (o Por unos dólares más, según la traducción de la copia), quedamos prendados definitivamente del género, en parte gracias a la música del genial Ennio Morricone, y a la novedosa manera de contar del maestro Leone.

La consagración total la tuvimos con la cinta «Érase una vez en el oeste», según nuestro parcializado parecer lo mejor que se había producido en ese tema, aún mejor que los clásicos La diligencia, de John Ford y Gigantes, de Georges Stevens.

Si algo bueno proporcionó el cine de western spaghetti entre la muchachada de ml época, allá por los años setenta del pasado siglo, fue el interés que despertó entre nosotros por conocer otras cinematografías, de ahí que, en lo adelante, ampliamos el diapasón de nuestras preferencias que oscilaron periódicamente entre lo mejor del cine europeo y las cintas japonesas de samuráis, amén de que comenzamos a disfrutar del cine como arte, y no solo para entretenernos y pasarla bien.

 

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