Tributo a la vida

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Foto CMHW

Las palmas del Cacahual parecieron más altas aquella mañana y el sol iluminó con mayor intensidad los camposantos cubanos. Día glorioso fue aquel en que el suelo patrio acogió en su seno el sedimento de una gran epopeya, vestigio de sangre generosa y buena de hombres dignos que edificaron una quimera.

Nunca el corazón de la tierra latió con más fuerza que en esa memorable jornada, al cubrir con modestia los restos mortales de los internacionalistas caídos en países necesitados  de independencia.

Allá muy lejos, donde la sequía del desierto y la espesura de la selva se unen llegó la ayuda justa, desinteresada y heroica de los valientes, quienes en envite de amor y razón enfrentaron la muerte y salieron vencedores.

Fulguraba entonces la voluntad de acero, el decoro y la bravura de Antonio Maceo, el guerrero de tanta fuerza en la mente como en el brazo, el hidalgo caballero que nos legó su amor por Cuba, sus sentimientos antiimperialistas e intransigencia revolucionaria.

Premiaba el pecho de los simples mortales, la figura fresca y vivaracha de Frank País García, el joven santiaguero que juró junto a Fidel ser libre o mártir. De su estirpe valiosa eran los muchachos que marcharon hacia las  tierras africanas para convertirse en símbolos, en trincheras, en ejemplos.

A 30 años de la Operación Tributo nuevamente oímos el clarín que llama a la lucha, sentimos el galope de la caballería mambisa y el tiempo nos anuncia la llegada de una nueva alborada.

Mientras, en su lecho de viento y burbujas, con espíritu tenaz aguardan los combatientes caídos para hacernos saber, que la muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien, la obra de la vida.

 

 

 

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