Ya llegan los aguinaldos, flores del campo que con delicadeza sin igual esparcen su blancura. Otras violáceas, púrpuras, multicolores, cubren el suelo, los matorrales y acompañan a la campanilla que anuncia el invierno.
Vendrán días ventosos para la Antilla mayor. Con ellos festejos, homenajes y la evocación triunfante de la rebeldía. Harán convite de temporada la cebolla, el tomate, el frijol, la yuca…y se dulcificará la veleidosa caña, todos cada vez más acorralados por un tiempo inclemente.
Y aunque tiembla la piel de frío y ausencias, en este solsticio boreal también habrá dicha para quienes completan otra vuelta alrededor del sol, esa estrella un poco adormilada a la cual se empeña en buscar el silvestre girasolillo.
Como se revive la flor de pascua, así se renovará el impulso porque cuajen proyectos y aspiraciones, contra los que conspirarán miles de escollos.
Más, todo es posible: sencillo, frágil, descolorido, pero puro, el aguinaldo conquista la altura de la orgullosa palma y como nieve cubre la tierra sedienta.







