“Rastros de sangre”

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Toña arriba, debajo la gata Messalina /Foto Sergio Baños Aguiar

Esta es la primera de la serie de crónicas incluidas en Del Desamor y Otros Demonios o Ensayo sobre el maltrato, que presentamos a partir de hoy. 

Cuando abrí los ojos al mundo, ya Bibi estaba allí. Lanudo y de grandes manchas negri-blancas, me miraba con sus ojazos de ángel guardián.

Nunca le vi un gesto de resabio hacia algún miembro de mi familia, salvo los ladridos contra el intruso…Siempre gordo, jamás quiso aparearse y murió célibe a los 14 años.

Luego tuve a Prieto. Lo perdí muy pronto, cuando un operador desalmado aceleró el tractor al cual mi perro ladraba, y lo atropelló de muerte.

Después de los primeros satos vendría El Bola, un puddle azabache de inteligencia privilegiada, que murió envenenado accidentalmente, mientras yo no encontraba consuelo.

Más tarde sería otra versión en Negrito; pequeño, pero igual de buenazo; tenía la peculiaridad de aullar al canto del gallo. Una intoxicación alimentaria se lo llevó, pese a muchos días de tratamiento.

…Luego llegaron Capitán, el vagabundo; la amorosa Lola; Micaela; Guajira, también callejera y que fue a otras manos, y Tristán, el pacifista.

Este era bastante pequeño, de pelaje oscuro y amostazado en las extremidades y hocico, pero no toleraba los pleitos entre aves o personas. Su respuesta inmediata consistía en ladrar y mirar fijo a los rivales.

Resultaba conmovedor verlo, más aún porque no abundan las personas que estén dispuestas a intervenir contra la violencia o el maltrato.

Tal vez Tristán ofrecía un rasgo de humanidad proveniente de una especie que no ha sido valorada con justeza, pues acostumbramos a creernos el ombligo del mundo y lo demás se subordina a nosotros.

Cuando murió enfermo, deseché cualquier otro can…entonces vi con una óptica realista el comportamiento abusivo del hombre contra caballos apaleados, vacas brutalmente agredidas, gatos ahorcados, animales cautivos, además de los cazados y muertos por el simple placer del cazador.

Supe de peleas estimuladas por el dinero, sobre todo perrunas, que me llevaron a riñas personales.

Al respecto creo que es urgente aprobar una ley para la protección animal en Cuba, pues tan dedicados al hombre hemos olvidado a quienes habitan con nosotros y nos hacen más llevadera la vida.

Dijo el líder de la India Mahatma Gandhi que “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que se trata a sus animales”.

Esa frase ilustra un clamor que gana adeptos en la Isla para combatir maltratos, abandonos y desamparos de este tipo.

Por mi parte, olvidé las tristezas que no me dejaban tener nuevos canes: hace poco adopté una perrilla de pelambre negruzco, hallada por un grupo avileño dedicado a la protección de estos animales.

La llamé Toña, creció y estaba fuerte…cada día me recibía como su benefactor y yo adivinaba la gratitud a cada paso. Sin embargo, alguien le suministró vidrio molido. Agonizó largos días a pesar de los cuidados, hasta que la encontré inmóvil, con el gesto de dolor congelado entre los dientes…

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