martes, enero 26, 2021
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Ciego de Ávila

Rancheras, modas y tradiciones

Mis contemporáneos, de la comarca natal, crecimos al influjo de la cultura mexicana, tan afín con las tendencias machistas de los campesinos avileños de entonces, y de toda Cuba.

Al tiempo que proliferaban la décima improvisada, las parrandas y los guateques, existía audiencia total (en los hogares donde los dueños poseían un radio de pilas), a los programas que transmitían la música del país hermano y vecino, con preferencia aquella relacionada con las rancheras, la vida en bares y cantinas y las guaperías de los matones de allende el golfo, condimentadas con expresiones y maneras de decir alejadas de las habituales nuestras.

Es indudable que en esa transculturación tuvieron mucho que ver, primero la radio y después la televisión, cuyos empresarios trajeron a la Isla, en numerosas ocasiones, a grandes artistas que encontraban gran acogida, tanto en La Habana como en cualquier otro escenario visitado.

Era la época de oro del cine mexicano, altamente influyente en el resto de América Latina. Es perceptible, todavía hoy, a pesar de la industria hegemónica yanqui que intenta hacer tabla rasa con nuestras culturas de habla hispana.

Recuerdo que los muchachos más grandes del batey se iban algunas noches al cine del pueblecito más cercano, de donde volvían entusiasmados con las hazañas de los personajes interpretados por Jorge Negrete, Antonio y Luis Aguilar, Pedro Infante y otros tantos íconos que deslumbraban a la chiquillería del barrio.

Como ocurre siempre -aún ahora-, se impuso la moda del sombrero de alas grandes, las botas tejanas y, en cuanto era posible, pantalones y chalecos ajustados al estilo charro. Hasta el más remiso para montar a caballo quiso poseer los arreos de las cabalgaduras mostradas en el celuloide.

Fue un tiempo de bonanza para los talabarteros del pueblo. Llovieron los encargos de monturas vaqueras de pico metálico, chicotes de piel de vacuno, lazos para el supuesto ganado, eso sin descontar las tintineantes espuelas niqueladas que simulaban tener estrellas de plata.

Los pepillos de entonces mandaron a confeccionar camisas con pinceladas de las supuestamente usadas por los rancheros y unos calzones con costuras redondas en las asentaderas, propias para cabalgar en tiempo de feria. Tal furor se extendió a las vallas de gallos y, no dudo que alguna u otra pelea de bar remedaba las que ofrecía con generosidad la pantalla grande.

La tradición se mantiene todavía hoy: basta con escuchar en la madrugada silenciosa el paso por la ciudad de cualquier cochero a esas horas ofrecer un concierto a todo volumen de las canciones más significativas de aquella época, adoradas y, a veces añoradas por la nueva generación, y que ellos disfrutan hasta el éxtasis.

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