Resulta difícil explicarles a nuestros hijos, sobre todo si son pequeños, lo que una madre influye en la educación de sus retoños. No obstante tranquiliza saber que esa inteligencia natural, esa intuición propia, los conduce a buscar más allá de los libros y de las historias contadas.
Mucho conocen los niños cubanos sobre José Martí, ese hombre extraordinario que dedicó su vida no solo a la libertad de su patria, sino también de toda la América.
No cabe dudas que nuestro héroe nacional fue un ser excepcional, pero es indiscutible que en su formación de infante increíble, de adolescente iluminado se incluyó la tenacidad y la fuerza de una mujer maravillosa que sobrevivió a su hijo no se sabe de qué manera.
Leonor Pérez nació el 17 de diciembre de 1828 en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, donde transcurre su infancia plácida y feliz.
UN día la pequeña de rostro enérgico y mirada dulce asombró a sus padres mostrándoles que sabía leer y escribir, algo extraordinario para los niños de entonces. Había aprendido por sí sola mediante un juego infantil.
Acompañada por su familia llegó a la Habana con 14 años. En Cuba la suerte les sonríe y compran una buena casa en la calle Neptuno. Tanto el lugar donde se instala, como su condición social le permiten a Leonor vivir con mejores posibilidades intelectuales.
Mujer tenaz y de talento natural incalculable conoce a Mariano Martí Navarro y es con este sargento del cuerpo de artillería que decide unir su vida el siete de febrero de 1852. A partir de ese momento la feliz pareja se ubica en la casita de la calle de Paula, donde nace un año después su primogénito José Julián.
La enseñanza del pequeño era para Doña Leonor algo fundamental. Fue ella quien buscó el colegio San Anacleto, en el que se impartía inglés y francés, y aunque siempre fue una mujer adelantada a su época, siempre puso su condición de madre ante los ideales políticos por los que luchaba su hijo, al mismo tiempo que le brindaba aliento para no decaer.
Profundo dolor le embarga al conocer la muerte del Apóstol cubano en la manigua y desde entonces guardaría silencio, sumida en una precaria situación económica. No fue hasta 1899 que recibe una pensión de mil pesos en oro que le sirvió para llevar una vida retirada sus últimos nueve años de existencia.
Algunas personas encierran el gran mérito de Leonor Pérez solo al hecho de ser la madre de José Martí, sin embargo la connotación de su virtud va mucho más allá de convertir el fruto de su vientre en un hombre de innegable universalidad.







