Mamá de la SWAPO habla de sus niños de Cassinga

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Miriam Rodríguez Agüero (D) agradece la oportunidad que le dio la Revolución de convertirse en educadora internacionalista. Foto Roberto Díaz Martorell.
Miriam Rodríguez Agüero (D) agradece la oportunidad que le dio la Revolución de convertirse en educadora internacionalista. Foto Roberto Díaz Martorell.

La masacre de Cassinga dio violentos tirones en el corazón de la cubana Miriam Rodríguez Agüero.

Un NO a la “Controversia” sobre Cassinga

El drama humano vivido por los niños sobrevivientes de la masacre de Cassinga aquel infausto cuatro de mayo de 1978 en Jamba, Angola, dio violentos tirones en el corazón de la cubana Miriam Rodríguez Agüero, convertida para ellos en Mamá de la SWAPO.

Me resistí a incorporarme a la escuela Hendrik Samuel Witbooi de la Isla de la Juventud porque afectaría las vacaciones de mis hijos, pero cuando vi que a muchos de ellos le sangraban aún las heridas físicas o tenían mutilados sus pies, manos u ojos, me incorporé, narra la profesora de Español y Literatura, quien aún se estremece a pesar del tiempo transcurrido.

Cuenta que la comunicación fue un proceso difícil, debían vencer primero las barreras idiomáticas porque aunque todos eran namibios, hablaban dialectos diferentes, solo así podría el claustro concretar el proceso docente educativo y enseñarles, además, hábitos de higiene y de vida.

Por la afinidad que poco a poco se materializaba entre ellos y yo casi de tipo familiar, me dieron la misión de llevarlos a La Habana para la atención médica especializadamediante la cual los necesitados tuvieron prótesis de pies, manos y ojos, refiere esta mujer de tez negra.

Depositaria de sus secretos y transmisora de inquietudes, Miriam se granjeó el respeto y cariño de los muchachos, quienes comenzaron a distinguirla entre los profesores como Mamá de la SWAPO (Organización Popular de África del Sudoeste, por sus siglas en inglés).

Todavía me emociona saberme su Mamá de la SWAPO, porque muchos de ellos, o no tenían padres o en ese momento no sabían dónde se encontraban a causa de la guerra, recuerde que muy pequeños se refugiaron en Cassinga, donde ocurrió la masacre y de allí los trasladaron a Cuba, comenta.

Todos son mis hijos, ríe pletórica de satisfacción, muchos de ellos retornaron a sus países convertidos en médicos, estomatólogos, ingenieros, docentes, veterinarios, en fin, pero mi mayor orgullo como educadora cubana es haber contribuido a la formación de esos niños como personas de bien, refiere.

Formación que no descuidó nunca nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, quien venía sistemáticamente al municipio especial a interesarse por el estado y progreso de los sobrevivientes de aquel genocidio perpetrado por los sudafricanos contra el campamento de refugiados y que costó la vida a más de 600 personas.

Todavía mantengo comunicación con muchos de ellos, Sarah, Gabriel Benjamín, Claudia (Grace Uushona, quien fungió como embajadora de Namibia en Cuba), Lavinia, Magdalena, dice mientras registra en la memoria, la larga lista de estudiantes de ese país africano que formó con la devoción de quien educa porque es un evangelio vivo.

El ocho de septiembre de 2013, después de 30 años me invitaron mis niños a viajar a Namibia, no lo creí, el viaje se postergó para diciembre porque me accidenté en La Habana, cuando llegué y los vi me deshice en lágrimas no esperaba tantas atenciones y muestras de amor, allá entre anécdotas y recuerdos surgió otro apelativo Mamá África, cuenta.

En octubre pasado vino otro grupo de ellos a la Isla, las demostraciones de afecto en el barrio de Miriam develaban no solo la gratitud por los trazos aprendidos en Español o el conocimiento del mundo mediante la literatura, era a quien con desvelo cuidaba además una fiebre, gripe, o bajito le decía al oído: hoy te portaste mal.

A 40 años de aquel crimen de lesa humanidad, por desplazamiento forzoso y exterminio, Miriam agradece a la Revolución ser una educadora cubana, que desde la Isla de la Juventud coadyuvó a formar aquellos niños sobrevivientes pero sobre todo a sanar las heridas del alma como solo sabe hacerlo una madre.

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