
Los ojos se me quedan prendidos de la torre cuando le veo de paso por la carretera.
Yo tuve un abuelo ¨ mayoral ¨ y otro carretero por acá por los macizos cañeros del central, cuando Enrique Varona aún era Adelaida. Quizás por eso me imanta así y los ojos se me quedan prendidos de la torre cuando le veo de paso por la carretera. Y me rebusco en las historias de los que todavía hacen zafra y me rencuentro en el romanticismo de los viejos azucareros de ese ingenio que solo hace unos días cumplió 101 años.
Viven allí dentro, como enraizados a los metales, sabios veteranos que descifran los códigos escondidos en los matices del humo y los decibeles de sus ruidos.
A Ernesto Diosdado González Rodríguez el último de los que permanecieron fieles allí desde que era Adelaida el ingenio, ya los pies no le acompañan pera llegar a la vieja fábrica. Pero muy cerca, desde su casa, observa la torre y le reconoce los latidos.
Manuel, Vicente, Bienvenido, Ernesto y muchos otros alimentan sus esperanzas y sus pasiones con los jugos de la caña que crece y se muele allí, que es sostén y esencia.
En medio de una compleja campaña hoy, el central Enrique Varona González de Ciego de Ávila se mantiene sincronizando hierros viejos y anhelos nuevos, para sacarle todo el jugo a esta zafra. Más de un siglo en pie cristalizan compromiso e inspiración.






