La procacidad en el lenguaje diario no beneficia el entendimiento

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La procacidad en el lenguaje diario no beneficia el entendimiento /Caricatura Osvaldo Gutiérrez Gómez

Aquel hombre de Ciego de Ávila regañaba a sus hijos cuando, en sus juegos, y en la conversación familiar, utilizaban esas llamadas malas palabras que sonrojan a cualquiera y que los pequeños suelen decir en los momentos menos convenientes.

Hace poco, sin embargo, le escuché precisamente a él y a su esposa proferir vocablos que ni el mismo Camilo José Cela se atrevió a incluir en su famoso Diccionario Secreto de las malas palabras.

Entonces, ¿cómo reprocharles a nuestros descendientes aquello que no somos capaces de controlar en nosotros mismos? Conozco una abuela que derrocha ternura y cariño para sus nietos pero, cuando pierde la paciencia con ellos, acude a lo más recóndito de su almacén de palabrejas bajo el supuesto de que, con esas frases, los llama al orden, cuando en realidad lo que obtiene es falta de respeto y una rebeldía no exenta de menosprecio.

Aunque gramáticos, investigadores y puristas del idioma aseguren que las malas palabras no existen, porque estas no son más que convenciones establecidas por los hombres con el propósito de entenderse, lo cierto es que durante miles de años el hombre creó la ética para poder vivir con armonía en sociedad.

Profundizar en la formación de valores, no solo en el lenguaje, sino en el comportamiento general como principio ético y humanista de la Revolución Cubana, es una tarea en la que hay que insistir en nuestros hogares en beneficio del bien común.

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