La Habana: Pared de siempre que habita mi memoria

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Fuiste  mi metrópoli por cinco años. Como olvidarlo,  mucho menos cuando fueron aniversarios redondos los que  viví en tu seno. En 1969 llegué  con dos amigas (Yiya y Nanita). Las tres íbamos a matricular Licenciatura en Bioquímica en tu Universidad.

Como desconocíamos cuanto durarían los trámites, reservamos una habitación en el hotel Inglaterra. Pero primero, guajiritas al fin, quisimos recorrer la Rampa, visitar lugares, contemplar monumentos y tantas edificaciones,  todas era nuevo para nosotras.

Así ni sentimos las horas y bien tarde subimos al ómnibus que nos llevaría al hotel. Nunca imaginamos que bajaríamos con urgencia, pues una de nosotras estaba mareada,  y todavía siento tu brisa fresca en la noche oscura, y escucho tu risa  cuando, en plena Habana Vieja, desplegaba el gran mapa que llevaba en mi bolso, para orientarme.

Por supuesto que solo nos salvó otro ómnibus, que pasó de madrugada y nos dejó en nuestro destino.

Cuando me despedí de tus predios, definitivamente en julio de 1974, ya licenciada en Periodismo, (al año cambié de carrera) no pude celebrar tu 455 aniversario pero me fui convencida de que gracias a ti había crecido como ser humano, algo que te agradeceré eternamente.

Por ti supe de las peripecias de estar albergada, y conocí de amores y desamores, de alegrías y tristezas, de amigos y enemigos, de fiestas y duelos, de diversión y tedio; de libertad y encierro, de amaneceres y atardeceres, pero sobre todo te disfruté cada minuto de las 24 horas de cada día.

Fueron cinco años intensos donde junto con la carrera que estudié me gradué también en la universidad de tus calles. Anduve sola o acompañada por tus lugares más emblemáticos,  y aplaudí y grité tanto a los bailarines del Ballet Nacional de Cuba como a Juana Bacallao en un modesto cabaret de la Habana Vieja.

Caminé en muchas ocasiones, bien temprano en la mañana,  desde F y 3ra hasta la Universidad, cuando no quería esperar el ómnibus  o venía muy lleno. Igual viraba por tu simbólico Malecón, siempre bien entrada la madrugada,  junto con mis amigos al regresar de nuestros paseos nocturnos por el Vedado u otros lugares.

Era tan joven que nunca me cansaba. Todo lo contrario, era como si tu magia  me inoculara fuerzas para querer descubrir algo nuevo  cada día.  Recuerdo ese lustro como una de las etapas más felices de mi vida, en la cual aprendí a valorar mi independencia  antes de regresar a mi terruño a luchar por hacer realidad  mis sueños.

Te visité en otras ocasiones, si…   pero siempre por poco tiempo  y para participar en encuentros, cursos u otros eventos por el trabajo. Nunca de vacaciones. Me encantaría verte ahora mucho más bella y radiante que 50 años atrás porque celebras tu medio milenio. Pero no lo lamento, soy agradecida y me conformo con tenerte en mi corazón. Eres ya pared de siempre que habita mi memoria.

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