El Kitch entre el mercado y la seudocultura

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El Kitch entre el mercado y la seudocultura /Foto Albert Fajardo Jiménez

Suele suceder que, por costumbre o por la prisa del diario quehacer, casi nunca reparemos en esos mercadillos de Ciego de Ávila y de otras ciudades cubanas, donde se venden figuras de yeso, barro y otros materiales que pululan en lugares públicos destinados técnicamente para expender arte y sus sucedáneos.

Verdaderos muestrarios del Kitsch al estilo cubano, uno encuentra en esos lugares toda suerte de figurillas que representan, la mayor parte de las veces, objetos culturales ajenos a nuestras esencias, malas copias del mundo de Disneylandia, que van desde la sempiterna Bella Durmiente, los infaltables siete enanitos hasta la venenosa manzana utilizada  por la bruja del cuento para deshacerse de Blanca Nieves.

El kitsch, definido en los años 50 del siglo pasado por Theodor Adorno y otros teóricos de la Escuela de Frankfurt, como un estilo artístico «cursi», «adocenado» o «trillado» y, en definitiva, vulgar aunque pretencioso y por tanto no sencillo ni clásico, sino de mal gusto.

Desde los años 80 del siglo pasado comenzaron a proliferar, primero en los mostradores de las tiendas para ralentizar el desabastecimiento y luego como negocio jugoso que gustaban, y aún gustan de adquirir clientes poco informados y con endebles o tergiversados gustos estéticas.

La contrapartida a esta realidad uno puede encontrarla en las exposiciones que cada cierto tiempo realizan artistas artesanos del territorio, donde pueden encontrase primores, aunque con el hándicap que  se cotizan en divisa o se venden en frontera.

Es verdad que cada cual es libre de adquirir el objeto de su preferencia, sea artístico o no, porque para gustos se hicieron los colores, pero no es menos cierto que tanto padres como maestros e instituciones culturales tiene el deber de sembrar en las nuevas generaciones la semilla de la verdadera belleza, aquella que habla al corazón y no al bolsillo y que, por supuesto, alienta la creación humana sin pensar en las supuestas ganancias que empequeñecen el espíritu.

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