
Como cualquier otro avileño, Leoncio Roque Ulloa, junto con otros amigos, se interesó por ver de cerca el hotel Rueda, ahora que fue reparado y abrió sus puertas al público.
El encanto, sin embargo, duró poco: para acceder a sus portales era necesario subir un par de escalones, lo cual para él resulta totalmente imposible, toda vez que le faltan las dos piernas y se mueve en silla de ruedas.
Sus amigos, que no padecen ninguna discapacidad física, subieron sin dificultad, pero Roque se vio precisado a trasladar su silla de ruedas por el bulevar hasta la medianía de la cuadra, donde el nivel de la calle estaba al del piso de los portales, y solo entonces logró su cometido.
Es evidente que los arquitectos y el equipo que tuvo a su cargo la reparación capitalizable del hotel Rueda, y quizás otros factores, no tuvieron en cuenta la accesibilidad de las personas con discapacidades.
En el ámbito de la arquitectura y el urbanismo, se denomina barrera arquitectónica a aquellos obstáculos físicos que impiden que determinados grupos de población puedan llegar, acceder o moverse por un espacio urbano, un edificio o una parte de él.
Las barreras arquitectónicas no solo dificultan o impiden la movilidad a las personas con discapacidad, sino también a otros grupos como las personas mayores, personas convalecientes e incluso a las mujeres embarazadas.
Es preciso que los decisores y la población alcancen una cultura del detalle hacia las personas con discapacidades visuales o físico-motoras, para que avileños como Leoncio Roque Ulloa, con sus dos piernas amputadas, se vean impedido de visitar un lugar cualquiera de la ciudad por falta de una rampa de acceso que no cuesta mucho construir y que, por supuesto, ni desentona ni afea el entono.
Resulta lamentable que, en la ardua tarea de restauración y embellecimiento del Patrimonio construido de Ciego de Ávila, todavía no se tenga en cuenta el criterio de las personas con discapacidades.






