Atrás quedaron los tiempos en que la chiquillería colmaba parques y solares yermos para jugar a los corsarios y piratas.
Abrumados por el uso y el abuso de teléfonos celulares inteligentes, tabletas y otros adminículos tecnológicos que en forma creciente se apoderan de la preferencia popular, uno a veces cae en la cuenta de que los niños de ahora dejan de ser niños para dejarse encadenar por esos aparatos que les roban la voluntad y los convierten en adicto digitales.
Atrás quedaron los tiempos en que la chiquillería bulliciosa colmaba parques y solares yermos para jugar a bandidos o piratas, según la Aventura televisiva de turno, o para improvisar juegos de pelota de donde en el futuro salían nuestros deportistas de puntería.
Tampoco disfrutan, como solíamos nosotros antaño, de aquellos juegos colectivos durante los recreos en la escuela o en las visitas de cortesía en las cuales, mientras los adultos conversaban en la sala o el comedor, la pandilla infantil disfrutaba de lo lindo correteando en el jardín o inventando los más disímiles entretenimientos.
A riesgo de pecar de nostálgico, es de lamentar ver cómo nuestros hijos queman etapas y dedican todo su tiempo libre a las computadoras o a escuchar una música que, con seguridad, no fue diseñada para ellos.
¿Adónde fueron a parar aquellas canciones infantiles que colmaron nuestra imaginación hasta hace pocas décadas, relativamente? ¿Quién canta hoy la fiesta del tío Conejo, a la rueda rueda o aquello de naranja dulce limón partido con las que se tejían ingenuas rondas conformadas por niñas y niños de cualquier edad?
Es indudable que los valores tradicionales se pierden, pese al esfuerzo de educadores consecuentes y de algunos padres que luchan todavía para que sus retoños puedan contarles a sus hijos algún día cuán entretenidos fueron sus primeros años, sin la rémora de un artefacto diseñado para el consumo del mercado y no para el verdadero conocimiento.
Aparte del agujero negro galáctico por el que se escapan lo más preciado de nuestro patrimonio Inmaterial infantil, sería bueno que los adultos escucháramos a científicos y profesionales de la salud que demuestran cada día cuán perjudicial para el correcto desarrollo humano resultan las tecnologías, siempre que no se dosifiquen correctamente.






