Del desamor y otros demonios: El Náufrago

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Toña arriba, debajo la gata Messalina /Foto Sergio Baños Aguiar

Cree recordar que todo comenzó con un deseo repentino de disfrazarse durante una fiesta familiar, cuando tenía 9 años.

Se puso una toalla en la cabeza semejando el pelo de una niña. Al instante el padre la emprendió contra él a golpes, mientras culpaba a la madre de la falta de virilidad en el hijo.

Nunca más a Camilo, nombre del muchacho, se le ocurrió repetir la escena, aunque poco después le vació la cuenca de los ojos a una muñeca de su hermanita…enseguida un docto vecino opinó que podía ser un trastorno sicológico, cuyo significado sería sentimientos de celos hacia las niñas.

¡Para que fue aquello! Llovieron palizas y ganó un enclaustramiento total, hasta que al fin se fue becado. Solía estar, luego de clases, inexpresivo, taciturno; extrañaba a su familia, pero recordaba a la madre anulada en casa, sumisa, y rehuía aquel ambiente.

Las hembras de la escuela lo encontraban hermoso, aunque por aquel entonces su mundo interior henchía de tormentas y no prestaba atención a las miradas que hacían blanco en él.

En el aula coincidió con él un primo suyo, quien a veces señaló a Camilo como “raro”.

Por si fuera poco, en las clases de Educación física los demás se burlaban y él reprochaba que los padres no lo hubieran enseñada a ser hombre, aunque se le antojaba más fácil asumir un rol femenino, pues en ellas todo se resuelve con delicadeza.

Los varones requieren de un entrenamiento constante, que incluye rudeza, fortaleza, insensibilidad, las palabras con un dejo imperfecto en la pronunciación… ser decididos, agresivos, conquistadores y una sarta casi infinita de sandeces, así pensaba.

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